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GRACIAS POR AQUEL TESORO, PADRES. IMPAGABLE…

Hoy quiero dar las gracias a mis padres. Por uno de los mayores regalos que me han hecho en la vida. Uno de esos que duran además para SIEMPRE. Para toda la vida. Y que además no fue uno material. Sino intangible. Pero un tesoro. Enorme.

Hace muchos años, cuando yo tenía sólo 14 y acababa en el colegio 8°de EGB para irme al Instituto, aquel verano mi madre, que tenía sólo 36 años (aún más joven de lo que yo soy hoy en día) y mi padre, tomaron una decisión. Una sacrificada pero para mí visionaria decisión. Y cara. Muy cara. Por y para mí. Quitándoselo de sus vidas, de la de mi hermana pequeña y de una economía familiar humilde sostenida por ella, empleada de limpieza de un hospital desde los 18 años, y por mi padre también peón de limpieza y que por aquel entonces venía de años en el paro. Por eso lo valoro aún más si cabe. Porque, aún teniendo muy poco, decidieron invertir en algo que podía parecer poco importante pero que ellos tuvieron ya la sabiduría y la deferencia de regalarme de por vida.

Me regalaron un TESORO. Una herramienta para desenvolverme mejor en mi país, en el mundo y en mi vida. Y con otras personas como yo. De otras culturas, otras formas de pensar… Se llamó educación. Se llamó idioma. Se llamó INGLÉS. Aquel verano de 1992 y el siguiente, me mandaron un mes entero a estudiar y a evolucionar como persona a las colonias de inglés de Gerona. A una preciosa massia en Gerona y con 6 horas diarias e intensivas de un idioma que apenas “ni txus” usaba en España. A mesa puesta y a pensión completa. Ni me alcanzo a imaginar el dineral ingente que tuvieron que gastarse en aquella locura. No sé qué habían bebido aquel día o qué aire les pegó pero debían de estar locos. Como cabras. Porque allí estaba yo con 14 años y cuidado y formado por jóvenes monitores, profesores y una entrañable familia irlandesa que vivía con nosotros. Gente a la que jamás jamás en mi vida olvidaré.

 

Me enseñaron mucho más que inglés. Con niñas y niños de toda España. Cuando en España apenas se comenzaba a entender muy bien la importancia de los idiomas, mis jóvenes padres hicieron ese esfuerzo por mí. Quitándoselo de vete tú a saber dónde. Seguramente, saliendo menos a tomar algo con los amigos, dejando de comprarse ese abrigo que les gustaba, o comiendo menos ternera y más pollo esos meses, o qué sé yo. Pero tomaron aquella decisión. Y no me regalaron solo dos veranos de inglés. Me regalaron mucho más. Y para siempre.

Me regalaron a Theodoros, griego de 70 años y regente de un pequeño hotel, low cost, que me habló de Creta y de la importancia de su resistencia ante Hitler para el fin la segunda guerra mundial o de Tsipras, y del miedo, del duro miedo, y de la dignidad, y de porqué primero el pueblo arrodillado dijo NO pero luego, doblegado por el miedo, dijo sí;

Cabo Sunión. Grecia.

 

Me regalaron a la enfermera de 28 años Elisa, albanokosovar que en Finlandia me contó su dura historia en la guerra cuando los soldados serbios violaban a las mujeres e hijas de los kosovares para en lugar de asesinarles matarles en vida y que por eso vivía allí y no en su verdadero hogar; me regalaron a Abdul guía de Diana y mío en la India y debatir con él tomando whisky hindú hasta el amanecer sobre qué pasaba en Cachemira, sobre la religión, sobre la reencarnación, sobre la familia, sobre la vida… Y mil personas más.

Me regalaron mil personas. Me dieron herramientas. Llaves para abrir otras puertas y otros mundos. Y poder preguntar. Y conocer. Y aprender. Y aprehender. Y saber. Y poder contar y compartir. Dar y recibir. Y entender. Y discernir… Todo esto me lo regalaron con su sacrificio y con aquella apuesta. Aquel verano de 1992. Cuando yo tenía sólo 14 años. Y jamás tendré yo dinero ni vida suficiente para agradecérselo.

 

Se lo he dicho muchas veces. Y hoy lo vuelvo a hacer aquí. Porque ese regalo aún me dura. Cada día. Hasta que muera. Y eso me lo dieron ellos. Mi madre y mi padre. Espero algún día, si soy padre, estar a la mitad de la altura de lo bien que lo hicieron. Tan jóvenes. Por encima de ellos mismos poniéndonos siempre a mi hermana y a mí. No se me ocurre acto más generoso de amor. Os quiero. Mañana día del padre y cuando sea el de la madre y todos los demás. Os admiro y siento agradecimiento infinito. Infinito. GRACIAS aitas.

Atenas. 18 de Marzo de 2019.

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