OSAKIDETZA

“CUANDO YO TAMBIÉN ME VAYA DE AQUÍ.  AMOR DEL BUENO. SÓLO QUIERO”

¡¡Dios mío de mi vida!! ¡¡De verdad!! ¡¡Me va a costar explicar esto!! ¡Pero qué cosa más preciosa acabo de ver y vivir! Desde hace unos meses trabajo en un hospital público. Donde tenemos un perfil mayoritario de personas en cuidados paliativos o pacientes crónicos de edad avanzada. Las letras no dan, de momento, para vivir. Y este trabajo humano y «de piel» ya me encantaba cuando lo hacía como voluntario. Así que no ha sido difícil adaptarse a ser funcionario-servidor público. Pues bien. O contaré un regalo que me hizo esta, mi nueva profesión, hace unos días.

Una paciente. 95 años. Anciana. Débil. Pero luchando. Con arrugas de juventud acumulada, como dice mi compa Jokin González, pero con su cabeza perfecta. Cognitivamente cansada pero plena. A su lado, en la vera de su cama, una acompañante. Que resulta ser su hermana. Su hermana «pequeña». Porque tiene 93 años. También bastante desgastada por los años y algo encorvada por la edad pero con esos ojillos de ternura y casi de chiquilla, diría yo. La hermana pequeña cuidando a su hermana mayor enferma. Precioso. Al menos para mí.

Y de repente llega un «ambulanciero». Se llevan a la hermana mayor a otro hospital a hacerle una prueba. Y la hermana «pequeña», en su apenas imperceptible volumen al hablar y con ese timbre especial, como quebrado, y esa quietud que dan a las cuerdas vocales tantos largos años de existir y de vivir, le dice a la mayor que quiere ir con ella en la ambulancia. Y acompañarla. Para no dejarla sola.

«Yo voy contigo. Si quieres. Yo te acompaño…», le dice acercándose mucho a su oído.

Todo mirándose ambas a esos ojillos suyos, con un amor y una complicidad de hermanas que pasma. Que enmudece a todos los uniformes que estamos en esa habitación. Da igual de qué categoría. Y que nos atrapa y conmueve como si una energía poderosa e infinita estuviera arrastrándonos hacia el epicentro de esa sencilla pero trascendente conversación. Y la mayor le dice a la «pequeña» que no.

«Tú quédate aquí mejor y descansa, hermana…».

Amor con mayúsculas

Y se lo dice con pena. Y con sumo cariño. Con sumo amor. Porque seguro que le encantaría tenerla a su lado cogiéndole la mano en ese traslado. Pegada. Haciéndole compañía. Cuidándola en cada segundo que le quede de vida. Pero no. Le dice que no. Porque la quiere. Y porque piensa en ella. Y porque su hermana pequeña tiene 93 años y también está débil y delicada. Y se la ve agotada de estar ahí, pegada a su cama sin moverse… La una pensando en el bien de la otra. Por encima del suyo propio…Bufff… Todos estamos con ganas de llorar. De hecho, alguno lo hacemos, a escondidas. Sin poder evitarlo. De lo que estamos presenciando.  Porque la habitación se ha llenado de una energía conmovedora que no sabemos explicar… Que nos ha tocado a todas y todos…

Y la hermana pequeña se queda llorando. Presa de mil miedos. Y con una pena inconsolable. Pero sabe que su hermana mayor tiene razón. Que lo mejor es quedarse esperando. Que volverá pronto. Y es que yo no sé lo que es el amor. Pero en ese momento ahí estaba. En los ojos de las dos. Del más puro y real. Infinito. Incondicional. Poderoso. Bello e inevitablemente emocionante…

 

Y al final la hermana mayor se va en la camilla. En su ambulancia. Y se despiden con la pena de quien teme que se vaya a separar para siempre. Y pienso para mi adentros dos cosas. Ojalá nunca se tuviera que quedar la una sin la otra. Ojalá no se pierdan nunca. Y pienso otra cosa. Que ojalá tenga la inmensa suerte yo algún día de que alguien me cuide así cuando mis días estén acabando. Y que yo también mire a esa persona y la ame con esa intensidad indestructible de ida y de vuelta. Y me cuiden y yo sepa cuidar como ellas se cuidaban ellas entre sí. Con ese amor y esa ternura. No se me ocurre morirme con un regalo ni un tesoro mayor de esta etapa por la Tierra, que algo tan maravilloso y gigante…

 

Gracias a las dos. GRACIAS en mayúsculas. Nos habéis dado un ejemplo que no olvidaremos jamás. Ninguna de las personas que hemos tenido la suerte de vivir ese momento, en esa habitación. Un lunes. 2 de septiembre de 2019. Acabándose el verano…

CARTA ABIERTA A TODAS LAS MUJERES TRABAJADORAS DEL HOSPITAL DE CRUCES Y DEL SISTEMA SANITARIO ESPAÑOL Y ASISTENCIAL. Del hijo de una de tantas.

 

Ellas (al menos las que yo conozco) llegaron en los años setenta a Euskadi. De 1970 en adelante. Llegaron aquí como a tantos otros lugares de España. Niñas. A quienes se llevaron de sus pueblos cuando todavía no habían cumplido ni los 18 años. Mi madre tenía 17. Niñas. Venían desde Andalucía, Extremadura, Galicia, Castilla y León…Desde todos aquellos lugares, la mayoría muy humildes, donde no había trabajo con el que llenar la nevera.

Las separaron de sus amigos, de sus colegios, de sus primeros amores… Y se las llevaron a grandes ciudades desconocidas y hasta hostiles para ellas. Llegaron porque había que cubrir miles de puestos laborales. Se necesitaba mano de obra joven. Ellas casi siempre en el sector servicios y asistencial. Los hombres al cemento, la madera y la industria. Las mujeres a los tajos donde en lugar de herramientas y ladrillos había otra ‘cosa’ diferente que atender: las personas. Y todavía hubo quien se atrevió, en aquel entonces a denigrarles.  Maketas y maketos, les llamaron. Xenofobia infame a la vasca lo llamaba yo.

El tiempo vuela tan rápido y las cosas cambian tan vertiginosamente que ya se nos ha olvidado. Pero todas ellas son nuestras madres. Y las ‘amamas’ de nuestros hijos de hoy. La generación nacida en los años de la Dictadura.  Venían la gran mayoría de aquella España rural que aún cagaba en cuclillas en la cuadra del ganado. Que malamente había podido acabar una EGB y casi ninguna un bachiller. De casas y entornos humildes en las que se calentaban con braseros fuego y carbón y donde no había primer plato y segundo porque ‘se comía lo que había’. De compartir radio entre varias familias, o de escucharla en casa del vecino para poder informarse de lo que pasaba en el mundo. Y soñar con algo mejor…

De eso no ha pasado tanto tiempo. Pero parece que estamos hablando de hace mil.  Con nuestros móviles inteligentes, nuestras televisiones de plasma, el euro (bendita peseta), nuestras neveras petadas, nuestros armarios llenos de ropa, nuestras carreras universitarias y nuestra ‘democracia’ y ‘Estado de Bienestar’.

Ellas conforman esa generación que durante estos últimos años está entrando en la década vital que sobrepasa las 60 primaveras y que ya han empezado, poco a poco, a jubilarse. Hoy se merecen unas líneas. No compensarán ni por asomo sus sacrificios personales y colectivos pero me parecía de ley. Han sido muy importantes. Como sostén del sistema, sí. Pero también como cimiento de las familias y por ende de esta sociedad tan surrealista y contradictoria que conforma ‘nuestra’ España.

Así que yo hoy les hablaré de ellas. De esas MUJERES. Y a todas ellas escribo esta carta. Sobre todo a quienes sostuvieron con sus madrugones y su espinazo todo el sistema sanitario y asistencial vasco. Osakidetza se llama en Euskadi. Casi en su totalidad mujeres. Pero bien podría aplicarse a todo el sistema español. Ellas, se merecen un reconocimiento y un agradecimiento. Y un homenaje. Tengo una en casa. Sé de lo que hablo.

Ellas fueron quienes contribuyeron a que esta Sanidad de hoy, sea lo que es. Copando esos puestos de la limpieza de los hospitales, de auxiliares, de asistencia a personas dependientes… Aquellas niñas forzadas a ser mujeres para llevar dinero a sus casas; para contribuir a llenar el estómago familiar. Sin preguntas. Sin estudios superiores, ni carreras, ni universidades. Sin más opciones.

Ellas. Que bien podrían haberse llamado Juli, Katy, Mari Cruz, Beni, Maribí… O Teresa. Teresa. Como se llama mi madre… Ellas. Que fueron hasta valientes para tener sus hijos jovencísimas.  Y que nos educaron, nos criaron  y se cargaron a a sus espaldas el peso de todas las familias y la construcción de la nueva sociedad de las libertades y de la democracia. La de los sueños. Ellas. Que llenaron las huchas de la Seguridad Social y que sobre todo se dejaron la piel y se desvivieron para educarnos y darnos todo lo que ellas no habían tenido en su niñez.  Intentando que no olvidáramos los valores y el sacrificio del que manaba todo aquello. Y que nosotros, sus hijos e hijas, no supimos asimilar. Ni integrar. Ni tener presente. Obnubilados por esta especie de ‘cunas de oro’ de la clase media acomodada que nos nublaron la vista y la memoria. Éramos ricos y poderosos con 1.500 € al mes y nos reíamos de los mileuristas y del compromiso social. Y de los valores. Y de la lucha. Nos volvimos consumistas e individualistas y dejamos de pensar en que había muchas cosas mal alrededor por las que seguir luchando y por las que nuestros abuelos lucharon en su día. En cierta forma fue una especie de pequeña traición. Una especie de ‘dilapidación’ de todas las batallas ganadas que habían hecho posible que nosotros viviéramos este estado de bienestar. Pero esa es otra guerra y otra historia…

Hoy quería rendir un homenaje en estas líneas a todas aquellas mujeres que fueron madres de mi generación. La de los nacidos al calor de la incipiente democracia. Especialmente a esa pequeña gran familia del Hospital de Cruces. Donde hay 370 mujeres de la limpieza, que con sus espaldas encorvadas y sus caderas desgastadas de darle al mocho, sus madrugones, su vergüenza torera y su buen hacer, hicieron y hacen posible que la red sanitaria de Euskadi brille de dignidad. Mujeres en el 90% de los casos.

 

Todo además de especial valor cuando hablamos de esos centros de trabajo de especial sensibilidad que son los hospitales. Rodeados siempre de intra historias humanas que giran alrededor de situaciones dolorosas. Historias de sufrimiento propio o del de seres queridos. De salvación o de pérdida. De dramas o de milagros. De tristeza o de esperanza… Esos ‘talleres’ en los que se reparan los cuerpos pero casi NUNCA las almas. Y en el que sé de buena tinta que muchas de ellas han sumado mucho a esa otra curación. Con otra medicación que no se basa en bisturís ni en quirófanos. Pero que cura. Y que palía: la del cariño. La de la sensibilidad. La de la humanidad. La de sonreír y hacer sonreír incluso cuando no se tiene ganas. Por el mismo precio y sin pluses en su nómina. La que atiende a esa otra salud que no sale en ninguna placa, ni resonancia. Pero que está ahí… Y que ellas ven como ninguna sabe… La del alma…

 

Sé de lo que hablo…Lo tengo, gracias a Dios. De ejemplo. En mi casa.

Bravo por vosotras. Y gracias por todo vuestro sacrificio y fortaleza. Ojalá sepamos honraros como os merecéis. Sirva como pequeño grano de arena, esta carta.

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