Nueva Delhi

Semos así; semos diferentes; semos españoles…

Octubre 2009 / La India

VERDULEROS EN LA TORRE DE BABEL

Me encantan los aeropuertos. Me fascina ese trasiego incesante y variopinto de gentes de toda condición, procedencia y facha. No existe lugar alguno en el mundo en el que uno pueda asistir a tan apasionante y singular desfile sociológico.

Cuando por motivos de trabajo o de ocio, como era el caso, he de viajar en

Aeropuerto I.Ghandi-Delhi

Aeropuerto I.Ghandi-Delhi

avión, suelo sentarme a esperar mi vuelo lo más cerca posible de los pasillos de tránsito que comunican las terminales; de esa forma puedo observar en primera línea el interesante y embriagador vaivén. En este caso estábamos esperando un avión en Delhi, capital de La India. O en Benarés dirección Bombai, ya no recuerdo…

El caso es que los aeropuertos, con su incansable y eterno  ir y venir de viajeros, me evocan siempre imaginarias historias sobre tal o cual sujeto en cuestión. A unos les supongo, por ejemplo, idas o regresos de periodos vacacionales en exóticos destinos turísticos, o viajes de negocios en los que se habrán firmado importantes operaciones comerciales. A otros en cambio, les imagino yendo al reencuentro de familiares no vistos durante años, o prestos a realizar, por qué no, épicas ascensiones en remotas cordilleras de nombre impronunciable…

Un sinfín de biografías express que voy construyendo a mi gusto simplemente con aventurarme un poco más allá de cada mirada, de cada paso apresurado, de cada maleta, de cada gesto…

Viendo pasar, qué se yo…A ese grupo de orientales menudos, cámara réflex en mano que va repartiendo graciosas sonrisas llenas de dientes a diestro y siniestro; o a aquel anciano de aspecto hindú, tez color chocolate y turbante blanco inmaculada y elegantemente enroscado a la testa; o a ese fornido

Zonas de embarque

Zonas de embarque

militar de pasos apresurados, gesto serio, pelado al cero y petate en ristre; o a ese par de rubias imponentes con aspecto de nórdicas y abrasadas ,quizás, por el sol de alguna, quién sabe, paradisíaca playa mediterránea; o a aquella pareja de jóvenes acaramelados que esperan sentados sobre el gres de la terminal, recostados sobre sus mochilas y regalándose miradas de amantes de Teruel; o a esa mujer de rasgos árabes que observa atenta el panel de salidas cubierta por una llamativa melfa de gasa azul turquesa; o al ejecutivo impecablemente trajeado que permanece concentrado en la pantalla de su portátil y con el móvil pegado a la oreja; o a ese adolescente mochilero de pantalones cortos, flequillo despeinado que escruta entusiasmado la Lonely Planet… (personaje este por el que perfectamente podría pasar yo mismo en este viaje a la India sino fuera, claro, porque muy a mi pesar yo peino ya alguna cana más y algún pelo menos que el yogurín de turno. Que ya me jode…)

Decenas, cientos de personas de todo tipo y condición con sus cientos de historias personales detrás. ¡Apasionante!

Y así consumo los minutos de espera. Enfrascado en el devenir ajetreado de esta pasarela de gentes de todo el mundo que sólo puedes observar en un lugar como este. Sin necesidad de desplazarte miles de kilómetros hasta sus respectivos países de origen. Una muestra sintetizada de lo diferentes que somos los seres humanos y de lo plural y por defecto rico en contenido que es este mundo; y a la vez de lo minúsculos y relativos que somos cada uno de nosotros y nuestras circunstancias.

Pues en esas estaba, disfrutando de mi total abstracción, en esta especie de plácido trance, imaginando tal o cual historia, cuando de repente un vocerío a lo lejos me arrancó de cuajo de mi entretenido ritual vouyeur.

–      ¡Pacooooooo! ¿Dónde has metido el bocadillo del niño? ¡Corre que no llegamos por Dios! ¡Niñooooos!

Compatriotas, deduje al instante. ¡Cómo no!. Con ellos no me hace falta imaginarme nada porque ya se encargan de ir dejando muy patente allá dondequiera que vayan, su procedencia. Se nos distinguiría a millas de distancia entre un millón. Somos tristemente especialistas en dar el cante. Lo llevamos en la sangre.

Los miro con una mezcla de irritación y condescendencia y llego a una rápida

Torre de Babel

Torre de Babel

y triste conclusión: si aquella bíblica y mítica torre de Babel hubiera existido realmente, no tengo ninguna duda del lugar que los españoles habríamos ocupado en ella.  Planta 57; sección de alimentación; puesto de verduras “La huerta de Paco Martinez Soria” se podría haber llamado, por ejemplo. Con perdón del grandísimo Soria.

Semos así. Semos diferentes. Semos españoles.

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