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«HISTORIAS DE HOSPITAL EN TIEMPOS DEL COVID»

«EL SILENCIO MÁS PRECIOSO DE TODAS LAS PLANTAS COVID DEL MUNDO»

Tomaba un café el otro día con mi amigo y querido Pablo Piñeiro debatiendo justamente de algo relacionado con esto que nos ha pasado hoy en el hospital. Porque esta vida es la hostia. Y te da las más grandes lecciones en las más pequeñas cosas. Buscando tu guardia bajada. El mentón descubierto. Ella lo sabe. Y así me ha pillado. Gancho directo. Touché.

Subía yo a una amama con Covid positivo de urgencias a planta. Esto vuelve a llenarse poco a poco. En eso también nos equivocábamos. El virus no se cogía vacaciones en verano. Ella venía de su casa. Sola. Pachucha y débil. Cerca de 90 años. Sin apenas responderme en esa breve conversación de ascensor donde intentas como puedes enchufar un poco de energía y de fuerza al enfermo vía sonrisa o vía ánimo. Un poco de esperanza. Si fuera mi abuelo le diría un «Tranquilo aitite. Te vas a curar. Estás en buenas manos». Y se lo diría aunque fuera un paliativo. La esperanza es una luz a la que aferrarse. Incluso cuando apenas quede luz.

Al llegar a la habitación alguien (mil benditas gracias!!) se ha dado cuenta de que su marido, ajeno a todo, estaba también ingresado en esa planta. También enfermo de este puto bicho desalmado y cabrón que se sigue llevando al más débil. Ninguno de ambos era conocedor. Es una cama de hospital, con esa edad y doblado por la insuficiencia respiratoria o por la fiebre no es fácil comunicarse con el mundo. Y ellos dos menos. Porque había un dato que aún ninguno sabíamos. Y que nos iba a dejar aún más noqueados. Porque la emoción llega y no te avisa. Y a veces conecta con algo que tú ya tenías ahí dentro y arrasa. Para bien. Abre esas compuertas que a veces nuestras capas y barreras chapan a cal y canto…

Mi compañero celador y yo metemos a la anciana a su habitación. Y seguido nos vamos jubilosos a buscar a su marido. Goliat y el sistema no siempre son tan tiranos. Y a veces la humanidad se impone al corsé de los protocolos. ¡¡Vamos a ponerles juntos en una habitación!! Os juro que nos estaba haciendo más ilusión a nosotros. Casi corremos. Entramos a la habitación y se lo decimos. «¡¡Tu mujer está aquí!! ¡¡Te vamos a poder llevar con ella!! Para que estéis juntos». Pero parece no entendernos. Él está plenamente consciente. Pero estas putas mascarillas que nos han robado media cara no le dejan entendernos. Se lo gritamos casi. Pero nada. Y nos quitamos las mascarillas un segundo con la suya puesta y un metro y medio. Protocolo de seguridad. Es sordo. Las personas sordas no son mudas. No todas. Algunas articulan con dificultad.

Izaskun Marín podrá explicarlo mejor. El caso es que él nos lo hace saber con esos sonidos guturales. «NO HABLAMOS». Y mi compa y yo nos miramos y le miramos a él. Y de lejos, con los labios vistos y vocalizando con todas las ganas del mundo volvemos a informarle: «¡Tu mujer está aquí!! ¡¡Te vamos a llevar con ella!! ¡¡Vais a estar juntos!!». Joder. Este curro y esta puta situación loca tiene a veces momentos que te atraviesan. Y que de repente compensan todos esos otros días de agobio o de tristeza. Porque esta movida te cala. Aunque te pongas el chubasquero. Esto está siendo un goteo sutil que te va dejando poso. Jodida e inevitablemente….

Y le llevamos corriendo. Casi compartiendo su alegría. Y le metemos en la habitación. Y les ponemos las camas a alturas diferentes para que puedan verse. Mirarse. Saberse. Ella sigue muy grogui. La pobre. Pero él no. Él estira el cuello. Y la ve. Y la mira. Y nos mira. Y la vuelve a mirar. Y os juro por dios que hay cosas que es difícil contarlas y fácil sentirlas. Porque en ese instante él vuelve a tener quince años. O veinte. O los que fueran cuando se conocieron. Y su sonrisa y sus sonidos guturales sonríen a carcajadas. Su cuerpo postrado en una cama. Su ser entero dando saltos de alegría y de felicidad. Y su mirada se enciende de vida. A pesar de todo. Están jodidos sí. Pero están juntos. Están juntos. Y no hablan pero no hace falta. Ella está ahí. A su lado. Y aunque sea a metro y medio va a poder mirarla. Y cuidarla desde esa distancia. Y porque ya pase lo que pase se están mandando su energía y su amor.
A este hijo puta metro y medio se le vence así. Y solo así.

Y nos vuelve a mirar. Y su mirada y esa sonrisa que no vemos nos dice cine mil millones de cosas. Y todas bonitas.

Qué cabrón. En el último segundo del round. Justo antes de salir del turno. Con mi defensa baja y el hígado descubierto. Touché. Llorar debería estar prescrito por los médicos. Me he eskakeado como he podido. A esconderme en un baño y echarme agua fría por la cara. A cortar esta hemorragia de cuando se abre una compuerta y no eres capaz de cerrarla. La guardia baja, lo sé. Y muchas cosas dentro de mí que han conectado con esta historia. Con su historia. Con mi historia. Soy consciente. Estoy muy rodeado. Bien rodeado. De amigos, de mujeres maravillosas a las que quiero mucho y de muchas maneras diferentes…Y sin embargo no he sabido o no he podido cuidar o mantener el amor cuando lo he tenido en mi vida. Mis ex parejas podrán dar buena fe de ello. Siempre acabé volando todo por los aires. Mariposas, libertad, independencia mutua o final. No sé si fue porque no encontré alguien de quien yo tuviera que correr detrás, si fue por gilipollas o si fue por simple y llana incapacidad… El caso es que así fue.

Pablo Piñeiro y yo debatíamos en aquel café sobre si en realidad somos yonkis de esa drogada brutal de química que genera el enamoramiento. Y de si tenemos dependencia de ella o no. Ya tenemos una edad, muchas experiencias y el culo bastante pelao pero es como para darle una vuelta…

Porque creedme que ha sido algo sublime. Y ojalá todas vosotras, vosotros y yo tengamos la suerte de contar con un amor así de incondicional maravilloso y poderoso cerca cuando nos toque marcharnos de aquí. Ojalá alguien os mire y me mire así. U ojalá podáis ser vosotros o yo el que mire así alguien. Con esta maravillosa y leal reciprocidad. Maravillosa y leal reciprocidad. Nuestros abuelos eran otro ejemplo de ello. Yo tengo tarea mía pendiente. Por hacer. Soy consciente. Estamos trabajando en ello. Aquí no se firma ni una sola rendición. Y si ha de llegar de nuevo el otro tsunami que nos pille con nuestros deberes hechos. Gracias pareja. Muchas gracias. Grandes!! Pase lo que pase os vais de aquí arropados de toda esa luz. Y eso os lo habéis currado vosotros. No existe ni un puto virus en toda la faz que os lo pueda arrebatar. Jamás. Ha sido el silencio más mágico y bonito del mundo…Como esas canciones viejas que uno no olvida jamás…

#Hospibosque. A día 20 de agosto del año extraño.

De sus sacrificios venimos…Gracias se queda corto…

“CUANDO YO TAMBIÉN ME VAYA DE AQUÍ.  AMOR DEL BUENO. SÓLO QUIERO”

¡¡Dios mío de mi vida!! ¡¡De verdad!! ¡¡Me va a costar explicar esto!! ¡Pero qué cosa más preciosa acabo de ver y vivir! Desde hace unos meses trabajo en un hospital público. Donde tenemos un perfil mayoritario de personas en cuidados paliativos o pacientes crónicos de edad avanzada. Las letras no dan, de momento, para vivir. Y este trabajo humano y «de piel» ya me encantaba cuando lo hacía como voluntario. Así que no ha sido difícil adaptarse a ser funcionario-servidor público. Pues bien. O contaré un regalo que me hizo esta, mi nueva profesión, hace unos días.

Una paciente. 95 años. Anciana. Débil. Pero luchando. Con arrugas de juventud acumulada, como dice mi compa Jokin González, pero con su cabeza perfecta. Cognitivamente cansada pero plena. A su lado, en la vera de su cama, una acompañante. Que resulta ser su hermana. Su hermana «pequeña». Porque tiene 93 años. También bastante desgastada por los años y algo encorvada por la edad pero con esos ojillos de ternura y casi de chiquilla, diría yo. La hermana pequeña cuidando a su hermana mayor enferma. Precioso. Al menos para mí.

Y de repente llega un «ambulanciero». Se llevan a la hermana mayor a otro hospital a hacerle una prueba. Y la hermana «pequeña», en su apenas imperceptible volumen al hablar y con ese timbre especial, como quebrado, y esa quietud que dan a las cuerdas vocales tantos largos años de existir y de vivir, le dice a la mayor que quiere ir con ella en la ambulancia. Y acompañarla. Para no dejarla sola.

«Yo voy contigo. Si quieres. Yo te acompaño…», le dice acercándose mucho a su oído.

Todo mirándose ambas a esos ojillos suyos, con un amor y una complicidad de hermanas que pasma. Que enmudece a todos los uniformes que estamos en esa habitación. Da igual de qué categoría. Y que nos atrapa y conmueve como si una energía poderosa e infinita estuviera arrastrándonos hacia el epicentro de esa sencilla pero trascendente conversación. Y la mayor le dice a la «pequeña» que no.

«Tú quédate aquí mejor y descansa, hermana…».

Amor con mayúsculas

Y se lo dice con pena. Y con sumo cariño. Con sumo amor. Porque seguro que le encantaría tenerla a su lado cogiéndole la mano en ese traslado. Pegada. Haciéndole compañía. Cuidándola en cada segundo que le quede de vida. Pero no. Le dice que no. Porque la quiere. Y porque piensa en ella. Y porque su hermana pequeña tiene 93 años y también está débil y delicada. Y se la ve agotada de estar ahí, pegada a su cama sin moverse… La una pensando en el bien de la otra. Por encima del suyo propio…Bufff… Todos estamos con ganas de llorar. De hecho, alguno lo hacemos, a escondidas. Sin poder evitarlo. De lo que estamos presenciando.  Porque la habitación se ha llenado de una energía conmovedora que no sabemos explicar… Que nos ha tocado a todas y todos…

Y la hermana pequeña se queda llorando. Presa de mil miedos. Y con una pena inconsolable. Pero sabe que su hermana mayor tiene razón. Que lo mejor es quedarse esperando. Que volverá pronto. Y es que yo no sé lo que es el amor. Pero en ese momento ahí estaba. En los ojos de las dos. Del más puro y real. Infinito. Incondicional. Poderoso. Bello e inevitablemente emocionante…

 

Y al final la hermana mayor se va en la camilla. En su ambulancia. Y se despiden con la pena de quien teme que se vaya a separar para siempre. Y pienso para mi adentros dos cosas. Ojalá nunca se tuviera que quedar la una sin la otra. Ojalá no se pierdan nunca. Y pienso otra cosa. Que ojalá tenga la inmensa suerte yo algún día de que alguien me cuide así cuando mis días estén acabando. Y que yo también mire a esa persona y la ame con esa intensidad indestructible de ida y de vuelta. Y me cuiden y yo sepa cuidar como ellas se cuidaban ellas entre sí. Con ese amor y esa ternura. No se me ocurre morirme con un regalo ni un tesoro mayor de esta etapa por la Tierra, que algo tan maravilloso y gigante…

 

Gracias a las dos. GRACIAS en mayúsculas. Nos habéis dado un ejemplo que no olvidaremos jamás. Ninguna de las personas que hemos tenido la suerte de vivir ese momento, en esa habitación. Un lunes. 2 de septiembre de 2019. Acabándose el verano…

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