camino de santiago

LAS DROGAS, MIS SUEÑOS Y YO.

Mi madre, la persona a la que más admiro y valoro del mundo, por mujer y por madre,  no estaba muy de acuerdo en que hablara de esto de forma pública. Pero yo le dije que nadie debería vivir con miedo al juicio de nadie. De hecho, no existe juicio más tirano y ni del que seamos más esclavos que del que se realiza uno mismo. Yo lo hice. Yo ya me juzgué, me condené y me castigué muchas veces por esto que voy a contar. Pero hoy lo hago sin miedo. No hice daño a nadie. Salvo a mí mismo. Hoy me apetece contárselo al mundo. Y así lo elijo. Será la última vez que lo haga. Que hable de ello. Y después lo dejaré marchar. Para siempre.

 

Por eso hoy, por elección propia y por convicción quiero hablar de un tema tabú​ del que apenas hablamos públicamente​. ​Aunque esté a la orden del día y sea desgraciadamente más cotidiano, extendido y «anormalmente normalizado» de lo que debería. Estos días estoy muy revuelto. Para bien. Están pasando cosas preciosas y milagrosas en mi vida, relacionadas con el periodismo y con escribir. Pero cosas que debieran haber ocurrido hace 20 años. Y que no se dieron porque yo, mi peor enemigo, lo impedí. Pero hoy en día con 4o años ya estaba listo para hablar de ello. Siento además que es lo que tengo que hacer. Ante todos. Como si fuera un poema más en uno de uno mis libros. Eso es parte del proceso de liberación. Parte de quemar definitivamente este capítulo y despedirme de él. Taponar esta herida que tantas veces me sangró y me mermó. Invisible a ojos de todos pero real dentro de mí.

 

……………………………….

A veces los daños emocionales o psicológicos pueden ser tan profundos, (sobre todo los que acontecen en edades tan tempranas) que cuesta muchos años enfrentarlos y hablar de ellos.  Este se convirtió en MI DEMONIO. Y contarlo y compartirlo me sirve para seguir haciéndole pequeño.  Y quizás mi experiencia y mis errores puedan ayudar además a otros chavales y familias a escoger caminos distintos. ​Solo hay tres personas en la tierra que saben de esto de lo que voy a hablar con la crudeza con la que me voy a atrever a contarlo. Son mi psicóloga, mi madre y Elizabeth. ​Y todas los han sabido hace apenas escasos años. Después de haberlo trabajado yo. Hoy me apetece contárselo al mundo. Y así lo elijo. Será la última vez que lo haga. Que hable de ello. Y después lo dejaré marchar. Para siempre. Al final le debo las gracias. Mi DEMONIO me salvó. Me enseñó a luchar sólo. Y a sobrevivir.

 

De toda esta vivencia, además,​ es ​más duro habla​r​ porque causó dolor a mucha gente querida. A mi familia sobre todo. Me perdí muchas cosas. Algunas que ya no podré recuperar jamás. Como a mis difuntos abuelos de San Vicente, José y Josefa. Y a algunas que después me he esforzado en recuperar como a mi tío. (uno de los mayores regalos que tengo hoy en día) Causó sufrimiento y desconcierto a mucha gente. Además de a mí mismo.  LAS DROGA​S Y YO​.​

Hace poco conocí a un crack de Navarra, peregrino del Camino de Santiago  y que sin saberlo me dio una ​gran ​lección. Él fue valiente. Y cuando su vida se desmoronó, también muy joven, él sí supo pedir socorro y​ dejarse ayudar. Yo fui un cobarde. O un débil. O estaba demasiado asustado y desconcertado como para hacerlo. Y no supe o no pude pedir ayuda. Mal. Casi me lleva a la tumba. Literal. Tenía 18 años.  Y mi vida estaba en un punto de no retorno.

Existencialismo.

Lo que yo viví empezó con 14 años. Y fue un proceso que tuvo su triste culminación a los dieciocho. Fue la única vez en mi vida que quise que todo acabara. Que perdí las ganas de vivir. Padecí el resultado​ de cuatro años de ​puro y temerario ​descontrol. ​Al principio todo eran risas y diversión. Máximo. ​Subidones​ de vida. Pero artificiales. Felicidad química de postal. Plenitud de mentira.​ ​Lo peor es que a mí nunca me hizo falta. ​Con 14 años, cuando todo empezó, ​yo ya era química pura, energía y vitalidad ​sin necesidad de ayudarme con añadidos​. Hiperactivo dirían hoy. Sin duda. Lo soy. Desde siempre. Y mi caso no era el de ninguna familia desestructurada ni el de un chaval conflictivo ni nada de nada. Al revés. Jugaba ​en el equipo de ​fútbol, sacaba buenas notas, tenía éxito social y escribía y escribía y escribía. Ganaba algún concurso literario, tenía amigos de toda la vida, éxito con los amores, entusiasmo vital… Y además lo tenía muy claro. Tenía una ​clara ​meta y motivación en la vida: ser periodista. Y tenía optimismo.​ Desbordante. ¡Si yo ya era un redomado idealista cuando no sabía ni lo que era el idealismo! jajaja. Y ​tenía ​sueños​. ​14 preciosos años. ¡¡Cómo no tener sueños!!  ​​​ Siempre fui un ​chaval​ sensible​ al que no le gustaba serlo; ​un chaval que escribía poesías de amor ​pero siempre más cómodo tras ​su rol​ ​de​ ​trasto inquieto en clase y su apariencia ​de ​‘echao palante​’​. (Manuel Carrasco escribe en una de sus canciones «mis miedos me encontraron, mucho antes de encontrarme yo primero…») Así que supongo (no lo sé) que estar​ tan seguro de mis capacidades ​hizo que me creciera. Y por ahí, y por ser tan vehemente y entusiasta (intenso diríamos hoy), empezaron mi querer probarlo todo y mi ansiar vivirlo todo​. ​Como si fuera a morirme mañana. Como si no existiera un mañana. Existencialismo elevado a la enésima potencia. Y me pasé de frenada. ​

​E​n pocos años fui perdiendo, sin darme cuenta, toda mi energía vital. La ilusión. La motivación. Las ganas. Las ganas de todo. ​Dejé de creer en todo lo que creía. En el futuro. En mis posibilidades. Dejé de creer en mí. ​Convirtiéndome en alguien lejano a ​César Fernández​. ​No fue de un día para otro. Las drogas fueron acentuando ese hastío vital con el tiempo. Lentamente. Como parte de un proceso. Los psiquiatras, los psicólogos y la gente que hemos vivido, reflexionado y disertado sobre este tipo de cuestiones, solemos estar de acuerdo en que las drogas tan sólo acentúan algo que tú ya tienes dentro. Que ya está ahí. En unos potenciará sus virtudes (aunque sea de forma puntual, artificial y un pan para hoy y hambre para mañana) y en otros las desgastará. En mi caso estaba claro lo que estaba ocurriendo. ​Merma. De un potencial precioso. De una mente creativa, pasional y sana.

Aquello comenzó a los 14 años. Cuando salí del colegio y llegué al instituto. Al mundo de los mayores. En el que yo siempre me había movido con comodidad. Y duró hasta los 18 años. Hasta que me di cuenta de que yo, ya no era yo. Progresivamente la droga me había ido cambiando y mermando. Mi hiperactividad; mi afán por vivirlo todo y experimentarlo todo; y mi ansia por vivir como si me fuera a morir al día siguiente me fueron acercando poco a poco a nuevos ambientes, nueva gente. Y a las DROGAS. Nadie me influyó. Fui yo sólo. No solo las consumía sino que las defendía como un derecho y una libertad de elección. Al principio con el hachís sin esconderme ante mis padres. Al revés. Yo lo contaba en casa y escribía cartas al director de El Correo defendiendo la legalización.  Para mí era un ejercicio de libre albedrío desde la responsabilidad y apelando a mi madurez y a mi inteligencia. «Yo sabía lo que hacía. Y era mi derecho». ​¡Dios mío! Mis pobres padres… No me llegará toda una vida para compensarles el sufrimiento de aquellos años. Tiene que ser durísimo asistir impotentes a ​ver ​cómo un hijo​ se autoinmola y​ tira por la borda ​todas ​sus posibilidades. Su futuro. ​Ver que el niño​ a quien has criado en unos valores y a quien le has puesto a su disposición, con esfuerzo y sacrificio, todas las oportunidades del mundo, desperdicia todo eso.  Y ver cómo se transforma en un desconocido. En una persona que no es él. En otra persona. Tiene que ser muy duro. Asistir  a algo así.​​ Aunque ​mi madre ​ya no se acuerde o no se quiera acordar. Y aunque me diga que no​ fue para tanto. Yo lo sé. Y a mí no se le olvida.

​Porque yo además lo reivindicaba. ​ Mi derecho, mi derecho, mi derecho. Yo, yo, y yo. Y sino os gusta me echáis de casa. Chantaje. Puro chantaje emocional. Así de cabrón y de ciego pueden hacerte ese cóctel de soberbia, frustración y drogas. ​Hasta que llegó​. Llegó​ el batacazo final.​ El que a la postre me mató pero que me estaba a la vez salvando la vida. Salvándome de haber acabado (quién lo sabe) como un alma en pena marginal de esas que vemos por las calles, o en un psiquiátrico, o en un tanatorio…

El punto extremo fue llegando con el tiempo. El conflicto interior entre mis hábitos y mi conciencia se acentuaba. Y también con él la frustración, el sufrimiento, la ira…Un círculo vicioso del que ya no sabía cómo salir. Viéndolo con el tiempo y desde fuera puedo decir, con la mayor de las vergüenzas y el horror del mundo, que llegué ​en ocasiones a parecerme a ​uno de esos chavales que hoy veo en el programa “Hermano Mayor”. ​Un tirano indomable y soberbio. ​Con mis padres. Muy muy jóvenes entonces (rondarían los 37 años, ellos). Cruel. Descontrolado. No había forma de hacerme entrar en razón. La soberbia, que no deja de ser exceso de orgullo y falta de humildad, me cegaba. Y lo pagué.  En mi caso no me habría hecho falta ningún otro estímulo. Pero siempre quise jugar al límite. Y vivir como si fuera a morirme mañana.

​Y llegó. Llegó como un tsunami arrasa con todo. ​ ​Un hecho que supuso la​ destrucción ​total ​de mi mundo. A los 1​8​ años. Después de haber vivido todo y probado todo menos la heroína, el «listo» de la clase y del barrio, ​y ​que ya estaba ​mental, anímica y emocionalmente ​a la altura del betún y en pura decadencia, se quedó a ​UNA​ DÉCIMA, una puta y miserable décima de la nota de corte para entrar a periodismo. A​ lo que probablemente habría podido reengancharme  ​a ​mi verdadero yo​. Y recuperar al verdadero César. ​Un 6,66 saqué yo. Un 6,77 era la nota de corte. ​Dos veces. Dos selectividades. Misma nota. Como si el destino quisiera ​darme la mayor ​y más cruel lección de mi vida. Merecida. Ganada a pulso. Mi único y mayor enemigo había sido yo. Y lo peor es que yo lo sabía. Sólo tenía 19 años. El ​h​ostión fue tan brutal ​como caerse de un rascacielos. ​Y toda la ira y todo el odio y todo el miedo y toda la tristeza y toda la decepción y todo el dolor los proyecté contra el único culpable. YO. ​Y se me quitaron las ganas de vivir. Habría descansado si me hubiera muerto aquel año ​en que cumplí​ 19 años. Fue un infierno. Un infierno interior. Lleno de demonios. Y de sufrimiento. Y de culpa. En silencio. Callando​ todo​. Superado​​. ¡​​Cómo explicar todo aquello y a quién! Por dónde empezar​..​. Y no lo hice.​ Y me​ rayé. Con la culpa. La culpa. La culpa. ¡Cómo salir de ahí! Cómo romper con mis círculos de entonces sin sentirme mal por hacerlo. Sin sentir que «dejaba en la estacada» a personas a las que yo apreciaba y me sentía unido. Con las que había compartido mi adolescencia en las buenas y en las malas. Cómo volver atrás… Cómo arreglar aquello. El daño a mis padres. El daño a mí mismo. Mi sueño echado por la borda. Y un único culpable. Sufrimiento. Máximo. Sentí que ya nada merecía la pena. Mi cabeza entró en un bucle peligroso y en muchos momentos sentí que me estaba volviendo loco. Pero no como el loco que ya nací y que siempre seré. Bendita locura esa. Hablo de enfermedad. De enfermedad mental. ​Miedo. Terror. Mudo. Y en soledad. ​

 

Y por eso​ aquel DEMONIO​, mi demonio, se​ fijó tan a fuego. En lo más profundo de mi alma y de mi mente. En mi memoria emocional. Como cuando un niño estudia un idioma de muy pequeño. Éste se le fija de forma férrea. Y no se le olvida jamás. A mí me pasó lo mismo. M​i demonio. Nunca exteriorizado. Y volviendo de vez en cuando desde entonces. En cualquier palo de la vida, en cualquier ruptura de pareja, al quedarte en paro, al fallecer un familiar​… Siempre ahí. Reventándome a inseguridades y a miedos. Y tambaleando mi mundo interior. Sin poder controlarlo. Porque ese DEMONIO era más grande que yo. Porque aún era aquel el niño de 18 años el que luchaba contra él. Débil y perdido. Y no el César de cuarenta.

 

Las DROGAS Y YO nos rob​amos mi sueño de la niñez. Desde que hacía mini periódicos con 9 años y los llevaba al

Dictada sentencia

colegio para que los otros niños y niñas pudieran leerlos en la hora de lectura. Y les entrevistaba; y encuestaba gente por la calle…jajaja. ¡Madre mía! Si yo ya en aquel entonces era un loco de escribir, y de contar y de contar y de contar. Y me cargué todo aquello. Y lo que todo el mundo a mi alrededor, profesores y familia, veían y sabían que era mi destino. No escuché a nadie. Ni a mí mismo tampoco. Me cargué aquel sueño de ser periodista. Y probablemente el poder vivir de ello hoy en día. Por eso sigue siendo tan importante para mí.  Es cierto que no sería quien soy sin haber vivido aquella disrupción y haber vivido aquellas cosas, pero yo siempre digo que pagaría por volver a aquellos 14 años. Y elegir caminos distintos. Después de mucho trabajo y malos ratos recordando todo aquello con mi psicóloga y amiga; de sacarme la carrera universitaria; de publicar libros y de ejercer, he logrado, por fin, perdonarme. Dejar de castigarme por aquello. He logrado mi paz interior. Salir absuelto y libre por fin de mi propio juicio. Pero sobre todo he entendido que fue también aquel fracaso lo que me salvó. Mi demonio me salvó la vida.

 

La psic​ó​loga me preguntaba​ muchas veces que c​ómo​ logré salir de a​quel infierno interior​ sin ​contárselo a nadie, y sin ​ayuda familiar o pro​fesional​. Y yo le dije que ​sí que lo contaba. Que se lo contaba a las páginas en blanco de mi diario y a mis poemas. ​Quizás deseando que alguien los encontrara. Y que escuchara todos aquellos gritos de auxilio que yo no me atrevía a sacar de mi garganta. Las letras. Me sostuvieron.

 

​Ya han pasado más de 20 años desde aquello. Yo no juzgo ni juzgaré a nadie ni nada jamás. Yo lo hice y fue mi voluntad. Exclusiva. Y cada cual decide sobre su vida. Lo respeto. Pero este es un tema que a veces se banaliza o se normaliza. Demasiado. La vida es un bellísimo regalo que puede ser muy perra ya por sí misma. Estamos todas expuestas al fracaso, a la frustración, al desamor, a la enfermedad tuya o de los tuyos, al paro, a la muerte, al dolor… Pero no le eches más gasolina a un fuego. Ese es mi consejo. Y las drogas son precisamente gasolina de 98 octanos. Todas. Las químicas más todavía. Pan para hoy y hambre para mañana. Y precariedad. Precariedad mental. Aunque te ayude y te divierta o te alivie el peso de vivir en un momento puntual. Cuidado. Cuidado con eso.

Un abrazo enorme enorme y carpe diem, Oh Capitanas y Capitanes!!! Cuídense muchísimo. Hay que vivir 100 años. Se les quiere. 😉

 

PD- Todavía hoy tengo algún amigo que 22 años después aún es un adicto. Diamantes que no supieron cómo salir de ahí.  ​Aunque yo confío en ellos. Nunca es tarde. Todos los demonios se pueden vencer. Y estamos aquí. Nunca nos fuimos. Y nunca nos iremos. Yo no. Y lo sabes. Sólo tienes que querer. Tú eres un alma gemela. Desde muy pequeños. Tu otra versión. La que nos da mil vueltas a todos. Esta no. La de estos años no. La otra. La que llevas dentro. Yo la espero. Yo te espero. Amigo. ​​

No hay lágrimas en Instagram

La verdad es que sí. Que el Camino de Santiago como la Vida, siempre es igual. Y que sin embargo, qué preciosa contradicción, siempre es diferente. Porque sí, ¡¡claro que sí!! Que siempre se trata de levantarse cada mañana, calzarse las botas y caminar. Aunque se sufra a veces. Y aunque llueva, haga frío o nieve. Aunque salgan ampollas. Pero que sin embargo te va enseñando a cada paso algo nuevo aprendido. Y alguien nuevo conocido en el camino. Con sus otras vivencias e historias de vida. Con sus otros mundos. Con sus otras alegrías y sonrisas y sus otros miedos y fantasmas. Pero puestas encima de la mesa y abiertas en canal para compartirlas y aprender unas y unos de otros. Y seguir caminando…
Por eso, sí. Por eso el Camino siempre será lo mismo. Mismas etapas y mismas rutinas, sí. Pero por el contrario JAMÁS será igual.

Yo me siento un privilegiado. Y doy gracias porque creo que siempre he tenido mucha suerte. De encontrarme gente como la que me he encontrado caminando. De coincidir con personas así. (coincidencias, de esas que coinciden, ya sabéis…jajaja: el eterno debate entre destino o casualidad… 😉 Un@s que están y otros que ya no. Un@s más cerca y otros más lejos. Pero siempre gente dispuesta a compartir lo más valioso e importante que tenemos: nuestra verdad. Sin maquillajes. Sin postureos. Sin storylines en las que nunca se ve llorar a nadie. O sufrir y sentirse perdido…O tener miedo…Con las historias de plenitud pero también con las de sufrimiento. Y que nos ayudan. Y nos hacen crecer. Y aprender. Y nos hacen estimarmos. Y querernos. De verdad.

Todo auténtico. Algo cada vez más escaso en esta mundo de hoy en día muy conectado pero muy alejado y superficial…Y muy de mentira. Muy Instagram… Hasta entre personas de las que se suponen muy cercanas… Por eso intento buscar esto en los caminos que transito… Cuando viajo y en mi entorno. En mi vida. Cada día más. Un poquito de VERDAD.

Aunque salgan ampollas en las plantas de los pies. Así que GRACIAS. A los que os abrís en canal y os mostráis de verdad. Por vuestra valentía, vuestro no esconderos y vuestro enseñarnos a los demás a hacerlo. Porque cuando lo pienso, creo que en general, he tenido enorme SUERTE. De encontrarme gente como much@s de vosotr@s. En el Camino y en la vida. Sois una preciosa casualidad…

 

Abrazo gigante!! Y disfrutad de la vida cuando os ponga en el Camino paisajes bellos… Pero sobre todo mucho ánimo, fortaleza y todo el calor del mundo para cuando os ponga etapas jodidas de esas que parece que no acaban nunca… Porque siempre aparecerá un albergue o alguien en el camino para echar una mano. Keep faith. Buen Camino y besos grandes. Se os quiere un montón. Y esto no es casualidad!! 😉

DESCANSEN EN PAZ, PEREGRINOS…

Mañana se cumple una semana de aquel  trágico viernes que nos dejó a todos con el estómago encogido. Día 20 de septiembre. 14:50h aproximadamente.  Mientras unos cantábamos, bailábamos y reíamos en La Casa Verde, justo en el mismo instante…A escasos 3 km de distancia, este destino perro y traicionero quiso arrebatarles la vida de cuajo a dos compañeros peregrinos.  H.R. de 43 años de edad, y L.W.G., de 49, ambos de nacionalidad alemana.

Esa macabra fuerza del sino o lo que carallo sea que dicta el momento exacto

peregrinos

Peregrinos

en el que se nos elimina del juego, quiso que un camión se cruzara en su camino. Ni un segundo antes ni uno después. Justo en el momento exacto para golpearles a ambos provocándoles heridas mortales de necesidad. Amigos probablemente. Familia quizás. Caminantes al fin y al cabo queriendo llegar a Santiago. Peregrinos que como nosotros, habrían hecho sus mochilas y preparado sus viajes unos días antes. En sus casas. Con el mismo entusiasmo, la misma excitación y probablemente los mismos nervios de quien se dispone a emprender una nueva aventura. Con sus objetivos y sus porqués. Con sus ilusiones y sus anhelos. Peregrinos que a buen seguro habrían pasado por La Casa Verde y reído con nuestras payasadas o con quienes habríamos coincidido en algún albergue o cruzado un gentil “buen camino” mañanero.  Y con quienes también probablemente habríamos compartido litera esa misma noche. Quizás… Y solo quizás… Porque ya nunca lo sabremos.

Se nos suele olvidar. Que nos morimos. Desde que nacemos. O más bien solemos elegir obviarlo para poder seguir caminando por la vida con dignidad y sin volvernos demasiado locos con pesos existenciales sobre las espaldas ante los que poco o nada podemos hacer. Porque siquiera minimizar los riesgos supone garantía alguna de ir esquivando el fatídico momento y de poder disfrutar más tiempo de este paso por la existencia terrenal.

Morirse hay que morirse, nos ha jodido Mayo. De cajón. Pero qué putada.  Y más morir así. Porque nos quitan el caramelo de la boca. Cuando le da la gana a quienquiera que sea el que pone la fecha y el lugar.  Y aunque habrá que entenderlo como gajes del oficio, lo que decía…Que morirse es , entre otras cosas, una putada. Así que nunca me cansaré de pregonarlo a los cuatro vientos, incluso pecando de neurótico con el tema:

Carpe diem ¡oh, capitán, mi capitán!

Expriman el tiempo, aprovechen cada instante, no dejen nada por vivir, no abandonen ninguna lucha en curso. Llévense todo lo que puedan arrebatarle a este regalo que es la vida. Desde que nacemos hay un reloj puesto en cuenta atrás y que no nos va a avisar nunca de cuando se para…

A ellos les tocó aquel viernes 20 de septiembre a las tres menos diez de la tarde. A escasos minutos de llegar a Arca-Pedrouzo, el final de etapa. De soltar la mochila, quitarse las botas, pegarse una buena ducha, curarse las ampollas y disfrutar de la tarde previa a la llegada a Obradoiro tomando unas cañas. Quién sabe…Quizás a pesar de todo, lo estén haciendo…

Este escrito es mi homenaje para ellos y sus familias. Buen camino, peregrinos.

POEMA- DEDICADO A QUIENES NOS DESPERTARON…UN 15 DE MAYO…

Poema escrito caminando de Triacastela a Samos. Camino de Santiago. Julio 2012.

“Si existen las sombras es porque hay una luz…”

Hubo un tiempo, sí…

Hubo un tiempo…

No hubo claveles en los fusiles

porque ya, arrancados todos,

yermos y esquilmados quedaron los jardines…

Y solo hubo entonces bulevares de farolas

que tronchadas, como sueños,

no daban luz ni esperanza…

Y relojes consistoriales de agujas rotas;

corrompidos los minutos, y las horas,

y las almas…

Columpios huérfanos en los parques,

rectorados sin mochilas ni proclamas;

plazas solitarias…

Hubo un tiempo sí,

Hubo un tiempo…

En que el pueblo soberano

ya irredento para siempre,

blandió firme en la calle, todas las convicciones.

Armado, por fin, de luz y de conciencia…

Los indecisos vencieron el miedo…

Y las almas somnolientas despertaron catalizadas.

Gritando a pulmones llenos, la utopía,

en todas las callejas y ventanas…

Y concurrió toda la sed en una sola boca,

y todo el hambre en unas solas entrañas…

Y todas las voces dispersas clamaron entonces,

juntas por boca de una garganta…

Y cayeron los tiranos y los sátrapas.

Y se volcaron todas las balanzas.

Hubo un tiempo…

Hubo un tiempo…

En que el pópulo aplastado

reunió, como David, todo el valor y toda la rabia…

Renacida ya de nuevo,

la esperanza en sus entrañas…

Y alzada poderosa su honda al viento,

como el gigante Goliat, cayeron las Ágoras…

Podridos como estaban sus cimientos,

traicionados ya los pueblos con toda saña…

Hubo un tiempo…

Hubo un tiempo sí,

Hubo un tiempo…

En el que el pueblo

tomó de nuevo las calles y las plazas;

preñándolas todas de luces fulgentes,

de colores, de palabras…

De versos libres; de canciones;

de manos alzadas; de esperanzas…

De pensamientos volando al cielo como palomas blancas…

Y zafados ya del opio y la ceguera,

florecieron entre adoquines,

bellas e indestructibles,

de nuevo, las primaveras…

Hubo un tiempo…

Y no sé si acaso fue cierto,

o fuera solo que un servidor lo soñara…

Mas creí ver a lo lejos que, tumbadas las falacias,

emergió servil al pueblo, nueva y radiante…

LA DEMOCRACIA.

POSDATA:

Hubo un tiempo…

Y que Dios me de entereza para honrar los que se fueron,

y preñar las bayonetas de claveles nuevos…

Vaya esta piedra y mis versos por ellos.

Hubo un tiempo…

¿EXISTE LA CASUALIDAD O ES EL DESTINO?; ¿TODO PASA POR ALGO?

 

Serendipity= Del inglés. Acto de descubrir algo por casualidad.

Serendipia= Neologismo derivado. Hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. Se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia o accidente.

En la historia de la ciencia se afirma que son frecuentes las serendipias. Por ejemplo, Albert Einstein reconoce esta cualidad en algunos de sus hallazgos.

En 1922, Alexander Fleming estaba analizando un cultivo de bacterias,

¿Suerte?

¿Suerte?

cuando se le contaminó con un hongo. Ese episodio dio origen al descubrimiento de la penicilina; Isaac Newton descansaba bajo un árbol de la Universidad de Cambridge cuando le cayó cierta manzana… Julio Verne se dejaba llevar por la imaginación años antes de que todas las fantasías de sus novelas se hicieran reales…

Pero ¿son estos y otros acontecimientos de nuestras vidas, meras casualidades o existe algo más?  ¿Son ciertas coincidencias increíbles de las que nos ocurren a lo largo del camino, solo accidentales o todo pasa por algo?

Seré breve. Yo no creo en la serendipia. Rotundamente. No creo en las casualidades. Creo en los actos. Creo en los pasos que hacen camino. Creo en el destino. Ninguno sabemos a ciencia cierta decir lo que es, ni podemos definirlo con exactitud y precisión, pero sabemos que existe. Que está ahí… Que hay algo mucho más poderoso que nosotros funcionando en algún lugar…

No creo en la serendipia. Creo en que hay que estar ahí en el momento justo y

¿Destino?

¿Destino?

adecuado para que todo pase…Para que ocurran esas cosas inexplicables; para que se den esas señales que unos llaman casualidades y que yo prefiero llamar destino… Pero no un sino como algo aleatorio y caprichoso forjado a su gusto y libre albedrío; sino uno modelado en cierta forma por nosotros; por nuestros actos; por nuestros pasos; por nuestra capacidad de catalizar y atraer todas esas energías misteriosas y enigmáticas que hacen que todo se de…Creo en un destino que nos echa un capote y que se va plegando, como arcilla entre las manos, si sabemos llamar a su puerta e ir en su busca. Si sabemos plegar las velas en la dirección correcta para que su vendaval poderoso nos arrastre y proyecte con fuerza hacia delante…Pero para eso hay que salir al mar. Ponerse en marcha… Después todo va aconteciendo…

Este viaje de peregrinación que acabamos de terminar por el Camino de Santiago así me lo ha vuelto a corroborar, reafirmando mis convicciones. ¿Qué habría pasado si, como estaba previsto, hubiéramos partido dos días antes en lugar de dos después? ¿Y si hubiéramos empezado el Camino desde Astorga, como teníamos pensado al principio, en lugar de desde Ponferrada? ¿Habríamos vivido las mismas experiencias? ¿Habríamos conocido y compartido viaje con las mismas personas? ¿Habríamos visto y sentido las mismas “señales”? ¿Habría pasado todo lo que ha pasado? o extrapolando… ¿qué habría ocurrido si yo no le hubiera pedido un pedazo de bocadillo a Raquel aquella madrugada bilbaína de hace seis años?, ¿si hubiera pasado de largo? , ¿o si mis amigos Iker y Juan Carlos por ejemplo, hubieran decidido en su día no hacer su peregrinación a Santiago, con todo lo que ello les supuso? …

La respuesta es de dudosa contundencia pero casi con toda seguridad nada habría sido igual…

Por eso creo que todo pasa por algo… Y que la clave de todo lo que va

¿Serendipia?

¿Serendipia?

aconteciendo en nuestras efímeras existencias, es generar acciones desencadenantes de otras…Ponerse a andar. En Santiago, como en la vida… Emprender el camino…

Y el sino hará el resto. Esa fuerza misteriosa que nos ayuda en la senda…Que nos va dejando señales que nos guían…Unos también lo llaman suerte, otros lo llaman Dios, otros lo llaman universo… Otros incluso creen en cierta energía que nos aportan los seres queridos que se marcharon…Fuere como fuere nunca lo sabremos…

Pero será entonces cuando las casualidades dejarán de ser casualidades y se convertirán en señales y en recompensas; ya sea en forma de manzana sobre la cabeza de Newton o en forma de encuentro casual del amor en el camino; ya sea en forma de hongo en las bacterias de Fleming o en la consecución de un sueño incumplido…

Somos nosotros los que hacemos que todo ocurra; somos los Einstein, Julio Verne, y los Newton…Somos tú y yo… No existen los accidentes. Existe la acción; existe el esfuerzo; existe el sacrificio; existe la fe; existen los pasos que hacen camino…Serendipia somos tú y yo. Llamarlo casualidad es demasiado fácil…Hay mucho más…   Así que, caminen; porque nunca se sabe dónde nos llevan los pasos…Pero siempre hay un lugar esperando al que llegar… Y después todo ocurre…Unos lo llamarán serendipia…Otros lo llamaremos, incluso sin saber muy bien lo que es: destino…

Camino de Santiago. Agosto 2012

 

 

Bibliografía

Traducción inglesa: http://www.wordreference.com/es/translation.asp?tranword=serendipity

Definición completa: http://es.wikipedia.org/wiki/Serendipia

Trailer película “Serendipity” (2001): http://www.youtube.com/watch?v=9iIF2sQkZ9U

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