¿CONOCES A TU VECINO DE ENFRENTE?

No sé si les hablado alguna vez de mis vecinos. Pero la verdad es que merece un capítulo aparte. Además el karma me lo debía. Yo ya he pasado por esas (típicas por lo que me cuentan) situaciones surrealistas de tener que lidiar con vecinos «psicópatas», franquistas, o las dos.

Pues ahora no. Estos de ahora me tienen enamorado. Llevo un año y medio en este piso. En la noble y batalladora Villa de Portugalete. Y miren, yo no sé si tener buenos vecinos te da la felicidad o no, pero te la acerca. Y paz te da. Y sentimiento de arraigo también.

Pues vean. Así para empezar. De momento debajo de mi piso, en el bajo, tengo a dos entrañables viudas septuagenarias que se pasan el día haciéndose mutua compañía en el descansillo, a puertas abiertas. Con el albornoz y zapatillas de casa, ahí en pleno portal. ¡Ala! ¡A lo loco! Como si estuvieran en cualquier edén en extinción de esos llamados «pueblo».  (bendita España rural)  Dos cracks con vidas duras pero más majas y saladas que las pesetas. Sonrientes siempre. Y siempre con ganas de echar algún chiste o alguna broma que aligere el peso de la soledad y de la vida. Y lo siento, pero ahí me han «dao» en punto flaco. Porque a mí me encantan. Me hacen recordar aquellos veranos de infancia en la aldea gallega de mis abuelos o en el pueblo de cigüeñas y de «chones» de la Extremadura de mis otros. Y eso mola. Mola mucho. Hoy en día más.

Y en el piso de arriba, tengo a mi pobrecito Armando. De León. Otro aitite. Y digo pobrecito porque este, en cambio, ya se las ve canutas para poder subir y bajar de su segundo piso. Y, aún así, todo un jabato porque, a pesar de sus maltrechas rodillas y caderas, él está siempre para arriba y para abajo con sus dos cachabas y sus bolsas del súper cargadas hasta las cartolas. Un puto crack. Le admiro. A Armando le encanta contar anécdotas y escuchar las tuyas. Y quejarse de que suben los recibos de la luz. El otro día me contó que un chaval desalmado le engatusó en el portal y mientras tanto, le guindó la cartera.  Si lo llego a coger, lo crujo. Porque hay que ser calaña y cabrón. Los niños y los mayores, sagrados.  Armando, claro,  ve gente joven y se arrima. Porque él en el fondo lo es.  Y esta escoria se aprovechó.

Y ahora ha venido una pareja súper maja a vivir en frente. Ella otra sufrida periodista y él un abogado en paro. Jodido enlazar vocación y economía en este bendito siglo XXI nuestro. Jóvenes. Con la ilusión de construir y sacar adelante su primer «nido» propio, por el entusiasmo que se percibe en sus miradas. Buen rollo. Mola.

Por lo demás el frutero de debajo de mi casa, casualidad de la vida, es otro montañero loco. Y sus mandarinas son drogaína dura. Sin pepitas. Esencial. Las tiene controladas.

Así que, miren, yo estoy más a gusto que un arbusto. Por el barrio y por la gente. Y doy gracias. Dicen los hindúes que nuestros vecinos deberían ser de nuestros mejores amigos por que «cuando se incendie tu casa, él va a ser quién más cerca esté para apagar el fuego. Para salvarte».  Igual no se te incendia jamás, pero seguro que una pizca de sal te hace falta alguna vez. En este mundo tan frío y tan de redes ¿sociales? que a veces sustituyen a la realidad. Y en el que ya no conocemos ni siquiera a quien vive en la puerta de en frente.

 

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