Archivo mensual: junio 2013

ME CONTÓ UN AMIGO MÍO: CUANDO EL AMOR MUERE, MUEREN MUCHAS MÁS COSAS CON ÉL…

Me contó un amigo mío, no hace mucho, que dejar una relación no es sólo romper una pareja… Que es dejar atrás muchas más cosas. Y que casi todas duelen… Y mucho…

Este amigo mío, casi siempre con una sonrisa y un comentario amigable en la boca, llevaba unos días con un semblante bastante triste o cuando menos, bastante ‘apagado’ y como un servidor (para bien o para mal, nunca se sabe) tiene cierto olfato para intuir los estados anímicos del prójimo sin necesidad de que estos se hayan postulado antes, le emplacé a tomar unas cervezas después de nuestra clase de spinning.

Y allí, relajados después de una sudada redentora, entre sonrisas cómplices, la espuma de unas pintas frescas, y puestas a su disposición un

Cerveza y conversación…

par de orejas bien abiertas, como las que él necesitaba, mi querido compadre, se explayó. De par en par y a corazón abierto. Como uno habla con los amigos. En carne viva. Confirmando, de paso, todas mis sospechas.

Después de una relación de pareja y convivencia de años- me contó- se acababa de separar, y ahora estaba recogiendo sus cosas y trasladándose. En plena mudanza de objetos personales y de emociones. Con el corazón de mudanza, como dice Tontxu en su canción. Buscando un sitio donde reiniciar su vida. Buscando un sitio donde hacer borrón y cuenta nueva. Buscando su sitio…

– Tengo toda mi vida (o casi toda) metida en cajas de cartón, tío. Un cambio duro. De esas cosas que son capaces de tumbar hasta al más fuerte. Así que sí, compadre- me dijo con una mirada cálida– llevo unos días algo jodido, sí. Pero no solo por el hecho de la propia ruptura en sí. Todo tiene un principio y tiene un final. No es eso lo que me tiene más roto por dentro, tío. No es eso lo más duro…

Y siguió contándome… Casi como vomitando las palabras. Cada vez notándole más liviano. Cada vez con la voz menos quebrada y con la mirada menos perdida. Como librándose de un peso que hubiera estado atenazándole y asfixiándole hasta poder dar salida a la madeja de sus adentros…

– Cuando una relación de pareja se rompe- prosiguió- se rompen muchas más cosas con ella…Y mucho más importantes y profundas

Corazón de mudanza…

incluso…No se pierde solo a una mujer. En el mismo lote pierdes a la persona que, probablemente, mejor te conoce en el mundo, con todas tus luces y todas tus sombras. Pierdes a tu mejor amiga. Y pierdes , sobre todo, a una persona a la que quieres. A la que quieres mucho. Aunque ya no sea bajo ese epígrafe denominado amor romántico, pero bajo otro mucho más profundo, racional y duradero que ese: el del cariño; el de la amistad; el del amor…Aunque ya no sea, el de Neruda… El de las mayúsculas… Pero no por ello con menor valor. Triste. Muy triste. Y duro. Muy duro…   Y a pesar de los pesares, y aunque a uno le gustaría tirar de freno de mano y detener un instante esta rueda inclemente de la existencia, uno no puede ni debe parar…  Porque (y esto también me lo dijo un amigo) en la vida, como en una bicicleta, pararse significa perder el equilibrio…

Así que esos son los daños colaterales con los que toca bregar. Y ese es también el poso de profunda pena con el que toca lidiar.  Va en el lote. Nos guste o no. Y quedará en el alma hasta que, si el tiempo es capaz de curar lo que tenga que curar, todo vuelva a su cauce… Porque sí.  Porque ahora no puede ser de otra forma.

Y a veces no basta solo con quererse… –

 

Apuró el último sorbo de su cerveza, me dirigió una fugaz mirada y luego la desvió al horizonte, dejándola clavada allí…Por un momento me pareció ver que alguna lágrima quería asomarse a sus ojos…

Comenzar de cero…

 

Una relación no es sólo romper una pareja… Es dejar atrás muchas más cosas. Y casi todas duelen… Y mucho. O eso me han contado…

 

EL CAMINO DE SANTIAGO…O DE LA TRANSFORMACIÓN…

Una cosa es evidente: quien hace el Camino de Santiago una vez, casi siempre repite. Y además la huella que deja en él o ella, no suele ser para nada superficial ni flor de un día. Y ya saben ustedes lo que dicen…Algo tendrá el agua cuando la bendicen…

Pero, ¿qué es entonces “eso” que tiene el Camino que engancha a tanta gente? ¿Qué es lo que hace que tantas y tan diferentes personas de todo mundo que viven esa experiencia, vuelvan?

 

Pues yo se lo cuento. Se llama TRANSFORMACIÓN. Transformación, sí. O al menos esa es la convicción que uno tiene después de varias

Caminante…

experiencias y largas horas de conversaciones de albergue en albergue. Y no es nada fácil alcanzarla; no se confundan…Pero aquí, in The Way, en el Camino; un día antes o uno después; consciente o inconscientemente; desde muchos cientos de kilómetros antes de llegar a Santiago o poco antes de atravesar la Puerta de Obradoiro…Sucede…Simplemente sucede… Y no hablo del concepto “transformación” en ningún sentido místico o iluminado propio de quien se haya fumado medio Jamaica, sino de algo mucho más simple y más cercano. Más real. Les cuento:

 

La pasada Semana Santa tuve la oportunidad de llegar de nuevo a Compostela en calidad de peregrino mochila a la espalda y bastón en mano. Esta vez, además, con la mejor de las compañías del mundo: mi señora madre. Y todas mis teorías se corroboraron una vez más.

 

Pude comprobar, de hecho, que además es algo masivo. Y que el cambio se da incluso entre aquellas personas que comienzan su trayecto más a la defensiva blandiendo esas corazas y esas caretas que todos traemos impuestas por la ley de la selva imperante en nuestras vidas en la city. Constreñidos por este modelo de sociedad moderna primermundista erigida sobre valores deshumanizados y que nos sumerge en esa rueda del hamster de competitividad, desconfianza y miedo al prójimo.

 

Y es que todos esos prejuicios y esos estereotipos dañinos que todos traemos lastrando nuestras mochilas, van poco a poco desapareciendo. Y todos vamos despojándonos de ellos de una forma casi inconsciente. A cada paso. A cada ampolla. A cada madrugón. Aquí da igual que uno venga de Madrid, Bilbao, Lisboa, Barcelona, Vigo, Berlín, Venezuela, California o de la conchinchina. Nos la trae al pairo a quién vote cada cual, con quien se acueste o de qué equipo de fútbol sea hincha. Porque simplemente nos olvidamos de todas esas cosas que nos separan y nos dejamos llevar por las muchas que nos unen y nos acercan… Y que siempre son muchas más y mucho más valiosas que las que nos alejan. Pero que a veces no siempre sabemos ver. Fruto la ceguera que muchos traemos de nuestras Sodomas y Gomorras particulares.

 

Señal del Camino

Y después, la transformación, como todo lo demás en la vida, va llegando sola… Con cada paso al frente. Con cada nueva etapa. Con cada ampolla o cada sonrisa. Y entonces empezamos a ver al otro simplemente como lo que es. No como lo que parece. Si no como lo que es. Como un compañero de viaje. Como otro peregrino más. Como un semejante. Con sus por qués como los nuestros; con el peso de su particular mochila sobre las espaldas como la nuestra; con sus dudas y sus incertidumbres; con sus miedos y sus inquietudes; con su cansancio y sus ilusiones… Un ser humano sin más roles ni etiquetas que las que se nos suponen a los peregrinos. Simples caminantes en una misma dirección. Simples seres humanos con sus virtudes y sus defectos. Todos en el mismo Camino y todos expuestos al sol inclemente del verano o a los días de lluvia y frío del invierno. Todos compañeros de un viaje con sus momentos inolvidables y con sus momentos de penitencia. Como la existencia. Como la vida misma. No hay rosa sin espinas…

 

Y de repente si saber muy bien por qué, te ves compartiendo cazuela con un tipo barbudo al que no habías visto antes en tu vida, o poniéndole unas tiras de Compeed a la señora de la litera de al lado en sus ampollas, o prestándole tus chancletas para la ducha al americano que las perdió en su etapa de Astorga…Suma y sigue…

 

Todo a años luz de lo que suele ocurrir en nuestra “otra” realidad cotidiana. Donde muchos ni siquiera saludamos a nuestro vecino de toda la vida, y mucho menos le dejamos sal; o donde escondemos el reloj si nos piden la hora caminando por la calle, no vaya a ser que nos lo quieran guindar. Este es el mundo que hemos construido. Con mucha materia y poca verdad. Con muchos bienes y pocos valores. Con mucho bienestar material y poca humanidad. Con cuerpos muy sanos y almas muy enfermas…

 

Fuere como fuere uno ya habrá experimentado lo que es transformarse; lo que es acercarse a uno mismo; al de verdad. Y lo que es convertirse en otro peregrino más. De paso por una existencia efímera que a veces nos desconcierta y nos desorienta; que nos agota y nos maltrata; y que otras veces en cambio nos regala amaneceres de sol radiante y nuevas oportunidades para enmendarse y para luchar por todo aquello que soñamos…Para reencontrar el camino. Si uno sabe dar los pasos en la dirección correcta, Si uno sabe liberarse de esas corazas que lo alienan. Si uno simplemente camina…

 

 

La llegada a Santiago siempre es agridulce. Dulce por el objetivo cumplido. Por el reto alcanzado. Por haber vencido. Por habernos vencido.

Plaza Obradoiro

Por las plegarias y las esperanzas puestas en cada paso…Por la promesa cumplida… Amarga por las despedidas. Por el adiós. Por saberse de nuevo de vuelta a una realidad que no siempre cubre las necesidades de nuestras almas. Por deshacer la mochila por última vez y colgar las botas. Y dejar de ser para siempre peregrino…O no…Quizás no… Porque el Camino y las señales están ahí…Solo hay que saber verlas; y caminar, amigos, caminar… Porque siempre hay algún Santiago esperando…

 

 

PD- Aviso a navegantes. En mi próximo Camino, al desgraciado de peregrino (por llamarlo de alguna manera) al que pille tirando latas, botellas, o algún desperdicio basura o similar, y ensuciando este bien sagrado y maravilloso llamado naturaleza, le pienso romper mi bastón con sumo placer y con casi un orgasmo en las costillas. Siempre habrá tiempo de comprarse otro. La causa lo merece. ¡Putos cerdos sinvergüenzas!

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